EN VANO
Projecto en la Sala Miserachs, La Virreina Centre de la Imatge. Del 15 de junio al 30 de septiembre de 2018.

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Este proyecto cuestiona dos certezas que han enmarcado las interpretaciones del arte, el conocimiento y las imágenes: nitidez contra opacidad, transparencia frente a hermetismo, luz versus apagón. La celosía ofrece aquí toda su potencia disruptiva: se trata de un espacio dispuesto para mirar, pero a la vez es una encrucijada desde donde nos vemos obligados a traducir, o a descifrar, o a asumir nuestra posición mientras la adquirimos.

Franz Kafka nos dejó, en El castillo (1926), una imagen desde la cual «observar» cómo se erige la arquitectura simbólica del poder, sus estancias infinitas, los vericuetos administrativos y sociales, aquellos sinsentidos que apagan la lucidez o que, por el contrario, iluminan las más violentas abstracciones.

Siguiendo esta misma lógica de normalización de lo absurdo, Leslie Kaplan, con El exceso – La fábrica (1982), y Alain Robbe-Grillet, mediante La celosía (1957), profundizaron en el componente alienante de cualquier sistema jerárquico, ya sea el de la producción material capitalista o el de la administración de los sentimientos.

Mar Arza continúa la estela de los ejemplos anteriores, investigando el reverso de las tipificaciones, así como ciertas mecánicas polarizadas entre clarificar y aturdir, entre estandarizar e imponer. El trabajo del artista ya no puede encuadrarse en un territorio intangible. Igualmente, la contemplación estética ha abandonado su viejo carácter de epifanía personal. Cuando hablamos de imágenes, también aludimos —sobre todo, nos referimos— a unos usos públicos que estas permiten, o hacia los cuales nos empujan; cuando invocamos a ver, estamos convocando una serie de operaciones colectivas e ideológicas, unas tomas de posición.

En vano problematiza cierta dialéctica que históricamente ha marcado la interpretación del arte, el conocimiento y las imágenes, cuyos extremos serían nitidez contra opacidad, transparencia frente a hermetismo, luz versus apagón. Sin embargo, existen numerosos caminos disruptivos, oclusiones, diagonales y parpadeos. La celosía ofrece aquí toda su potencia literal: se trata de un espacio dispuesto para mirar, pero al mismo tiempo es una encrucijada desde donde poco se puede hacer, donde nos vemos obligados a traducir, o a descifrar. Una atalaya y una clausura, un refugio y una prisión, ¿no son ambos «excesos» el peligro de lo visible, los miedos y las imposibilidades de leer, la tentación de callar o el imperativo de decir?

Valentín Roma
Comisario de la exposición

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El proyecto plantea una respuesta irónica a la imposibilidad de ver y dilucidar los mecanismos de poder que someten a los individuos en general, y a los artistas en particular, a un engranaje social sin apenas opciones para el disenso.

Se apoya en tres pilares: la equiparación del trabajo artístico con el trabajo fabril que puede ser producido de forma mecánica y sistematizada; el artista-peón, predeterminado desde una administración que no entiende en absoluto sus particularidades ni su función más allá de la económica; y por último, el ejercicio del poder como una práctica arbitraria, que condiciona el desarrollo de la mirada crítica y atenta.

Como resultado, la instalación final estuvo compuesta de una tríada de elementos íntimamente relacionados. En primer lugar, una meticulosa celosía que reproducía el vano de la puerta, compuesta de páginas recortadas en las que el texto dejaba una ranura por la que entrever el lado opuesto de la sala. A continuación, una vitrina donde contener documentos de la agencia tributaria y la respuesta metafórica dada a sus requerimientos. Por último, una segunda vitrina al fondo, que alojaba un objeto simbólico representativo del poder en la sombra, con un mecanismo que impedía su correcta visualización mediante sensores de movimiento.

A la entrada se encontraba la celosía monumental que velaba la entrada al recinto y tamizaba la luz en su interior. Esta celosía estaba concebida a través de la repetición del trabajo manual. En cada página troquelada faltaba el texto salvo algunas palabras seleccionadas. Se podía leer el fragmento restante de texto que tenía continuidad en las paginas contiguas. De esta forma se componía un encaje de orfebrería poética que podía leerse en múltiples direcciones.

El trabajo repetitivo hasta la extenuación, acercaba el trabajo artístico al ámbito alienante de una cadena de montaje, descrito por Leslie Kaplan en El exceso-La fábrica. A la vez que situaba en el centro la pregunta sobre el valor añadido que este trabajo aportaen estas condiciones. En el texto derivado de cada página podía leerse un meta-relato sobre la propia funcionalidad y sentido del trabajo artístico, que de alguna manera queda contestada en el título. Todo resulta en vano. Aún siendo necesario para quién lo realiza. Es una loa al trabajo laborioso y minucioso como resorte de lo bello, aún en medio del sentimiento de incomprensión.

Traspasado el umbral de la celosía nos introducíamos en la sala. La celosía tamiza la luz del exterior. Deja ver sin ser visto, deja leer sin ser leído. Aludiendo a los mecanismos que pone en marcha Alain Robbe-Grillet en La Celosía, se exponen las múltiples capas que van desvelando muy tenuemente una trama que gira en torno al deseo de control de la mirada.





Continua la tríada en una vitrina que contiene un diálogo frustrado, un perpetuo malentendido entre lenguajes dispares: la burocracia y el arte. Deja patente la incomprensión de la administración pública respecto a la actividad artística en sus múltiples facetas y dificultades. La carta, recibida en primera persona, solicita una “explicación clara y detallada de la actividad” que realizo. La respuesta no puede ser otra que contestar con el mismo trabajo, con la misma pasión e irracionalidad con la que se aborda todo proyecto artístico. La respuesta condensa la amalgama de restos del trabajo acumulado en el proceso fabril y febril de construir la celosía. Los restos apilados durante el día, los despojos del tiempo empleado en un desvarío que consume (a los artistas), permanecen allí depositados sobre el documento de la agencia tributaria.

La actividad que realizan muchos artistas no puede ser aceptada a ojos prácticos de unos funcionarios administrativos. Quizás tampoco pueda ser explicada del todo a ojos de nadie que busque el rédito inmediato de lo económico. La exigencia de la agencia tributaria preguntándome por mi actividad contrasta con la indefinición con la que contestaban a mis preguntas por los criterios que debía aplicar en mi declaración de IVA. La demanda de transparencia es unidireccional. El poder observa sin querer ser observado, sin rendir cuentas. Del mismo modo que relata magistralmente Kafka en El Castillo, o crea la atmósfera de intriga y sospecha Alain Robbe-Grillet en La Celosía. O finalmente expone Leslie Kaplan en El exceso-La fábrica, donde crea una atmósfera devastadora hacia el lugar de trabajo que todo lo ocupa. Estas tres lecturas determinaron de forma relevante la atmósfera de desconcierto, incomprensión, asombro y misterio que se desplegaba en la instalación.





Por último, al fondo de la sala, se encontraba una vitrina tenuemente iluminada que contenía un objeto simbólico del poder que se esconde en la sombra. En esa vitrina residía un insecto: un escarabajo gigante, aterciopelado, negro con tan sólo unas rayas claras en el lomo. Un escarabajo que ha representado de forma contradictoria en tantas culturas a un ser supremo, a la vez que se arrastra por los suelos.

El deseo de clarificar la visión se ve truncado. Al acercarnos, el foco se apaga automáticamente y deja la vitrina a oscuras. Resulta imposible percibir un objeto oscuro en una vitrina de fondo oscuro, en la oscuridad de la sala de paredes oscuras. Huidizo a la presencia, a las preguntas y a la claridad. La metáfora adquiere sentido doblemente. La disyuntiva del ver y el comprender frente a los mecanismos más oscurantistas de la arbitrariedad que producen el apagón de sentido.

Mar Arza
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