PELIGRO DE VIDA...
Solo Project, ArteSantander.


Entendemos el tiempo como una línea recta garante del orden, la historia y el capital. Concebir el tiempo en otros términos requiere de una disrupción en la narratividad.
El presente proyecto aglutina una serie de obras en las que se interrumpe el relato hegemónico de la linealidad. Así, ante estas obras descubrimos un presente dilatado en los recovecos del quehacer humano y sus fracturas.

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Un trazo sobre la arena
En primer plano encontramos una enorme mesa ocupando el espacio central del stand. Esta cubierta de arena y, sobre ella, las manecillas segunderas de unos relojes dibujan la danza de su circunferencia. Segundo tras segundo, avanzan y reinciden en un trazo circular, pausado, continuo. Eterno, pues no tiene ni principio ni final aparente. Como insectos de patas alargadas y trémulas, marcan su huella sobre el lecho de finísima arena. Nos muestran el transcurso de la vida con un gesto mínimo. Hace falta tan sólo un soplo para que el trazo desaparezca. Para que desaparezcamos.

Estos relojes ordenan a su vez el tiempo, no en una línea recta por la que avanzamos, sino en un tiempo circular que se organiza por ciclos de repetición, ya sea en días, meses o años, que pautan nuestro quehacer cotidiano. Rutinas que articulan nuestro devenir. Oímos los pasos segundo. Nos recuerdan que el tiempo no se detiene. Cada segundo suena y resuena a irrecuperable.

La obra [Trazas] bien podría ser un campo simbólico de la contingencia, donde la vita activa* se refleja en su triple vertiente: su trajinar rutinario, su afán de trascedencia y, a la vez, la constatación de su irrelevancia, pues, ¿qué hay más perecedero que una inscripción sobre la arena por más persistentemente que se dibuje a lo largo de la vida?

El término trazas se utiliza en ciertos análisis clínicos para referirse al grado de presencia del elemento analizado cuando este tiende a ser irrelevante o prácticamente imperceptible. La paradoja se hace pues evidente y terriblemente poética: se emplea el resultado de trazar para apuntar lo inapreciable del trazo.

Campo de relámpagos
En 1977 Walter De Maria producía una de sus obras más emblemáticas y un un hito en la corriente del Land Art: The Lightning Field, instalada en un lugar desértico de Nuevo México. En una inmensa extensión de campo abierto se situaban pértigas de acero inoxidable pulido de forma regular y calculada. La simple visión de ese orden ya supone una organización impuesta sobre el paisaje. La esbeltez de dichas pértigas convocaba además, de manera sutil, la atracción de relámpagos durante las tormentas habituales del lugar.

El Land Art prefiguraba así su máxima expresión en la ocupación, transformación y control de la naturaleza y el paisaje. Asimismo, los fenómenos atmosféricos entraban en el radio de intervención de la instalación. Con esta entrada, entre calculada y fortuita, se impone una mirada concentrada en el horizonte. Se invita a admirar una lluvia de relámpagos. Fulguraciones que tienden a provocar sentimientos de finitud, de conmoción ante lo mayúsculo. Un campo de relámpagos es una invitación al estremecimiento.

Más allá, un campo de relámpagos tanto como un campo de relojes derramados, transfiguran nuestra nimiedad en deliberada entereza. Asoma pese a todo la perentoria necesitad de vivir trazando.

Tras la mesa-campo de relojes asoma un relámpago, de estructura asimétrica y voz quebrada. Una gran caja vitrina alberga fragmentos de texto, extraídos de un libro. El recorrido del texto no sigue la linealidad de una narración, sino que se segmenta en peldaños de una escalera que descienden atravesando el espacio de la página. Se recorta entonces una silueta de forma orgánica, fractal, que se proyecta y se bifurca en múltiples caminos y vericuetos.

Una descarga eléctrica recorre el decir y lo enciende. El relámpago ha atravesado la lectura del libro. Esto es, que el estremecimiento fluctúa del yo al texto, y viceversa.

El orden y el contenido queda transfigurado. De unas páginas que referían la maquinaria de guerra, sus lógicas y estrategias, se extrae un relato de vida donde encontrar el lenguaje más próximo a la emoción.El rayo es también raíz que se adentra en las profundidades de la tierra, condicionada a la búsqueda de agua. No es ya trazo, sino permanencia en la palabra y su capacidad de estremecer, alentar, arraigar, irradiar...

A un costado encontramos una sutil intervención sobre la pared, prácticamente imperceptible. Del muro asoma una manecilla segundera. La manecilla no avanza. Oscila permanentemente entre el segundo anterior y el siguiente, manifestando una singular forma de desorientación o de agotamiento: parece como si el tiempo no pudiera seguir adelante, como si el discurrir encallara en un presente continuo y trémulo. El segundero evidencia cuan humano es perder el aliento a la hora de continuar el trayecto.

[Contratiempo] es una oda al desaliento. Y en el desaliento surge la exasperación, y en la exasperación asoma la persistencia o el delirio de seguir intentándolo.

De modo que, descompasada en su imposibilidad de avance, la manecilla genera un sentimiento profundo de ansiedad. Y en su inadvertencia, es un reflejo de aquellos mecanismos que no siguen, no pueden seguir el ritmo del impulso; más bien lastran el movimiento. Es una metáfora desgarradora de aquellos corazones que no responden al deseo, que no tienen fuerza suficiente frente a ejércitos de relojes de ritmos perfectamente pautados.

Completa el conjunto un díptico. Parte de un objeto cotidiano: un portarretratos. Aunque en él no hay imagen. No es posible ver retrato ni paisaje alguno. En cambio, una masa blanquecina, reseca, agrietada, ocupa el lugar del recuerdo. Una porción de tierra es comprimida entre dos cristales cerrados sobre sí mismos. A través de ellos se percibe una superficie fracturada. Corresponde al relieve irregular de los recuerdos que se erosionan y se resquebrajan. Aquello que debiera ser una preciosa y sutil nacarada porcelana fina —una urna a la vida restituida—, se queda en barro austero, en ceniza... acaso un vestigio impregnado de olvido.

A su lado un relámpago atraviesa el muro impenetrable de la indiferencia. Un haz de luz se cuela por entre las rendijas del muro para impresionar en una imagen de estremecimiento.

Bajo placas de porcelana seca y sin cocer, rotas y agrietadas se sitúan papeles fotosensibles. Un haz de luz incide sobre ellos por entre las hendiduras. Estos papeles, al ser revelados, dejan un rastro de negra quemazón. En ellas se impresiona el mapa de las grietas en oscuro, mientras el resto de la superficie permanece en blanco. El blanco inmaculado de lo impronunciable sigue ahí, inamovible, sin tan siquiera exponerse a la luz de la historia. El único crujido es la maraña de fisuras que han dejado huella. El relámpago se adentra bajo tierra y agita la quietud de una historia a medias y una ley a medias que no promueve la reparación de la dignidad y la justicia a unas víctimas todavía sepultadas bajo capas de injusticia y nubledad.

El requiebro está en desarticular los relatos hegemónicos y las superficies pulidas para adentrarse en la matriz singular y única del trazo como medida de vida.

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*Término utilizado por Hannah Arendt en su monumental libro La Condición Humana, con el que designa y distingue tres actividades humanas fundamentales como son labor, obra y acción: “La labor no sólo asegura la supervivencia individual, sino también la específica. La obra y su producto, el artefacto humano, dan la medida de la permanencia y la durabilidad a la futilidad de la vida mortal así como el carácter efímero del tiempo humano. La acción (…) crea la condición para el recuerdo, es decir, para la historia. (…) la acción es la actividad política por excelencia.