MUROS NUBLADOS...

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La memoria condensada en un objeto cotidiano: un portarretratos. Aunque en este no hay imagen. No es posible ver retrato ni paisaje alguno. En cambio, una masa blanquecina, reseca, agrietada, ocupa el lugar del recuerdo.

Una porción de tierra comprimida entre dos cristales cerrados sobre sí mismos. A través de ellos se percibe un relieve irregular de turbación e impotencia que atraviesa el regazo dormido de la historia reciente. En este reducido espacio abundan las grietas, aún incapaces de exhumar el coraje suficiente para sembrar la piedad en los campos y cunetas. Tenemos todavía una historia a medias y una ley a medias que no promueve la reparación de la dignidad y la justicia.


MUROS NUBLADOS...
Portarretratos de latón y vidrio, porcelana cruda, texto. 20 x 15 cm. 2014.

Los recuerdos se erosionan, se resquebrajan, se fracturan, se reconcomen. Aquello que debía ser una preciosa y sutil nacarada porcelana fina —una urna a la vida restituida—, se queda en barro austero, ceniza... acaso un vestigio impregnado de recónditas frases de osadía a la intemperie, unas palabras en retirada, sujetas a las inclemencias del olvido.

Luego una hendidura, por la que se filtra un haz de luz que incide sobre material fotosensible. Deja un rastro de negra quemazón. Dibuja incluso una maraña de caminos aún por recorrer y excavar. Mientras el blanco inmaculado de lo impronunciable ahí sigue inamovible y sin exponerse a la luz.


DOLEDAD...
Grietas de luz sobre papel fotosensible y texto. 37 x 26 cm. 2014.

Es este un trabajo que se inicia con una reflexión sobre la memoria histórica y la lectura de “Antígona y el duelo. Una reflexión moral sobre la memoria histórica”, de Jordi Ibáñez Fanés, ante el drama todavía vigente de muchas victimas condenadas al olvido de fosas comunes, perpetuando su situación de abandono. De una forma sutil y poética, se presenta un campo de batalla todavía irresuelto en la historia de este país.

Se suceden objetos intervenidos: unos portarretratos cubiertos de barro en los que no es posible ver la imagen del familiar desaparecido. Así como varios fotogramas en el que el proceso consiste en situar papeles fotosensibles bajo placas de barro crudo que, una vez secas y agrietadas, dejan pasar la luz por entre las fracturas. Un resquicio de luz incide y quema la superficie del papel fotosensible. Al revelar dichos papeles, aparecen las grietas en negro. Fracturas de un silencio implícito. El blanco inmaculado de lo impronunciable se quiebra. Una maraña de fisuras ha dejado huella. Grietas que son esperanza, son vislumbre de un abordaje directo, honesto de nuestro pasado más reciente.

Esta línea de trabajos introducen el concepto de nubledad, que aporta imprecisión a la observación, como de forma similar hace la lógica borrosa en el campo de las matemáticas. Los muros nublados son aquellos muros que no vemos a priori, parece que no existan, pero en cambio nos damos de bruces contra ellos cuando nos acercamos y nos disponemos a abordar ciertos temas, como es nuestra historia tras la guerra civil, la represión y la dictadura. Nos damos cuenta entonces que allí siguen, enfrente de nosotros, sin retroceder un ápice. Se hace patente de nuevo cada vez que nos agachamos a intentar cavar una fosa. Bajo la apariencia de campo abierto al debate, se encuentra, por el contrario, un minado de sucesivos impedimentos. No se acaba de levantar nunca la niebla, no termina de clarificarse la situación ni se aborda de forma directa: muertes por esclarecer, desapariciones por nombrar, y también muchas responsabilidades pendientes de asumir, así como un gran perdón por pronunciar.


Campo semántico
Copia Giclée sobre papel Fine Art Pearl, a partir de fotograma. Tríptico: 214 x 90 cm. 2015.